Hay momentos en los que orás con todo tu corazón y el cielo parece guardar silencio.
Esperás una respuesta.
Una señal.
Un cambio.
Pero nada parece suceder.
En esos momentos, es fácil pensar que Dios se olvidó de vos.
Sin embargo, el silencio de Dios nunca significa ausencia.
Mientras vos esperás, Él sigue obrando.
Está preparando personas, abriendo caminos y acomodando circunstancias que hoy todavía no podés ver.
Dios no trabaja con apuro.
Trabaja con perfección.
Muchas veces, las respuestas que tanto deseamos llegan después de que nuestro corazón ha aprendido a confiar plenamente en Él.
No confundas una demora con un rechazo.
No confundas el silencio con el abandono.
Si Dios aún no respondió, es porque todavía está escribiendo una parte de la historia que vos no alcanzás a comprender.
Seguí orando.
Seguí creyendo.
Seguí buscando Su presencia cada día.
Porque ninguna oración hecha con fe queda sin ser escuchada.
Y cuando llegue el tiempo perfecto de Dios, entenderás que cada espera tuvo un propósito y que Su respuesta fue mucho mejor de lo que habías imaginado.
Con Dios, el silencio nunca es el final.
Es el comienzo de un milagro que todavía está tomando forma.
“Callad, y sabed que yo soy Dios.” — Salmos 46:10